Míos, Tuyos, Nuestros 2017

Míos, Tuyos, Nuestros 2017

3.00

Índice:

 Prólogo

Mª José Amat Guerrero

  • La sonrisa de Carmen
  • Seis Minutos y algo más

Maribel GAmante

  • Cuando me pides un beso
  • El regalo
  • Sueños

Ignacio Navarro Orgáz

  • La nieve

Lucía Ramos Mira

  • Cuento de Loba

José Torres Martínez

  • Ainotna
  • Momentos
  • Nunca Más

Juan José Verdú Barceló

  • La casa larga
  • De Cudillero a Terranova pasando por Nueva York
  • Lucas el Mayayo

Mª Asunción Verdú Richarte “máverich”

  • Refugio en Praga
  • Descalzos por el hielo
  • La casona roja

 

Agotado

SKU: Libro MTN 2017 Categoría:

Descripción

Prólogo

Natalia Bravo – www.teatrea.es

 

                Cuenta una leyenda que antes de la llegada del dios bueno, los aztecas sólo comían las raíces y los animales que cazaban. No tenían maíz, pues este cereal estaba escondido detrás de las montañas. Los antiguos dioses intentaron separar las montañas con su colosal fuerza, pero no lo lograron. Así que, los aztecas fueron a plantearle este problema al dios bueno.

-Yo lo traeré- les respondió el dios.

El poderoso dios no se esforzó en vano en separar las montañas con su fuerza, sino que empleó su astucia. Se transformó en una hormiga y marchó a las montañas. El camino estuvo lleno de dificultades, pero el dios las superó pensando solamente en su pueblo.

Llegó hasta donde estaba el maíz, y como estaba trasformado en hormiga, tomó un grano maduro entre sus mandíbulas y emprendió el regreso. Al llegar, entregó el grano de maíz al pueblo que plantó la semilla, obteniendo así el maíz que desde entonces sembraron y cosecharon.

Con el preciado grano se volvieron más fuertes y, desde entonces, vivieron felices…

 

Esta es una de las muchísimas historias que me contaba mi abuelo a la hora de la siesta estival, en ese momento en el que parecía detenerse el tiempo en la casa grande del pueblo. Era otra época, eran unos tiempos en los que la siesta era sagrada y tenías que respetarla porque los adultos así lo ordenaban.

Mi infancia está ligada a la casa de mis abuelos, a esa típica casa grande de pueblo de gruesos muros y techos altos, que para los ojos de una niña aún eran más grandes, altos… y mágicos. En la planta de arriba guardaban las cosas que ya no se utilizaban en baúles, ‘mundos’ como los llamaba mi abuela; cofres del tesoro o escondites secretos, que es lo que eran para mí.

Después de comer y de tomar el café y las pastas, en la casa reinaba un silencio solo roto por los fuertes rayos de sol de mediodía que se colaban en el patio. Los adultos se desperdigaban por la casa, unos iban a su cama, otros preferían los crujientes balanceos de las mecedoras y otros cabezoneaban en la misma silla delante de la mesa.

Por supuesto, no podías hacer ruido; algo difícil para una niña. Era la parte más aburrida de esos largos días de verano. Entonces, mi abuelo me llevaba a la planta de arriba de la casa grande y allí, entre los mundos de mi abuela, cofres del tesoro y escondites secretos; me contaba estas historias que, a decir verdad y todavía hoy, desconozco de donde salían porque, además, la misma historia cambiaba según el día. Porque bien podía comenzar en Pinoso, en el Méjico de los aztecas o bien en la guerra civil y terminar en el planeta Marte.

Mi abuelo era agricultor. Cultivaba la tierra, pero lo que hacía en esas cálidas y lánguidas horas de la siesta, era cultivar y despertar mi mente. A través de sus relatos se comunicaba conmigo y me proporcionaba una de las mayores necesidades que toda niña tiene: crecer. Pero no crecer a lo alto o a lo ancho, sino CRECER.

Reforzar lazos, cohesionar, comunicarse, crecer cualitativamente… ¿no es esto la obligación que toda comunidad humana, que toda sociedad, tiene? ¿Y esto no se llama cultura?

La cultura tiene muchas definiciones y es un concepto complejo (palabra que nos gusta mucho a los sociólogos), algo difuso y difícil de explicar. Pero si vamos a la esencia, de forma sencilla podemos decir que la cultura es aquello que nos cohesiona en un todo, es la manifestación de nuestra propia actividad y se convierte en estímulo del desarrollo social. Es aquello que nos hace crecer, que nos eleva y nos hace humanos.

Mi abuelo, en esa planta de arriba de la casa grande del pueblo, me regaba, me ayudaba a crecer de una forma muy sencilla, como una hormiguita.

Y lo hacía a través de la palabra y la imaginación.

No es casualidad, por tanto, que yo sea profesora (formadora como a mí me gusta llamarme), actriz y me gane la vida contando historias.

Malos tiempos para la lírica… Porque en estos tiempos en los que triunfa la practicidad, la cantidad, lo material y todo lo desprovisto de metáforas y poesía; parece difícil encontrar personas que de una forma anónima, sencilla y humilde gustan de cuidar de la palabra y ocupan su tiempo creando historias.

Pero las encuentras, y no en el Olimpo de los dioses; las encuentras trabajando, haciendo y creando.

Y es aquí donde comienza el capítulo primero de mi historia con la Asociación de Alumnos del C.F.P.A. Antonio Porpetta; y por supuesto, con José Torres.

No recuerdo el año ni el día en que él me propuso ser la profesora del Taller de Teatro de la Asociación porque yo no soy de números, pero sí puedo recordar todas las historias que en el salón de actos del colegio y en su pequeño escenario, compartimos todos los lunes por la noche; haga frío, calor o llueva.

Yo sé que mi abuelo, agricultor parco en palabras, a través de las historias que contaba me transmitía su amor y no sé si él fue consciente de que, además, me hacía libre… y la libertad como decía El Quijote, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos.

Libre, así me siento yo todos los lunes, en las clases de teatro de la Escuela de Adultos de Elda; libre de expresarme, de hacer y de compartir mi visión y pasión por el teatro.

Ser libre y hacerte sentir parte de algo importante ¿no es esta la definición perfecta de Amor? Así que sirven estas humildes palabras para declarar mi amor a La Asociación de Alumnos del C.F.P.A. Antonio Porpetta, con José Torres a la cabeza.

Cuando, a través de José Torres, María Asunción Verdú Richarte, Mave; me pide colaborar para la Asociación Cultural de Elda Míos, Tuyos, Nuestros; una asociación que nace de un taller de escritura y que pretende crear y trabajar por la cultura en Elda ¿Cómo iba a negarme? Aquí comienza el capítulo segundo de mi historia.

Este segundo capítulo, en realidad, es más de lo mismo, porque también lo quiero utilizar para declarar mi Amor por la labor de esta asociación, y mi admiración por toda esa gente que escribe, que crea, y que trabaja desde la sencillez y la humildad.

Si los dos primeros capítulos de mi historia eran la excusa para declarar mi amor a estas dos asociaciones, imaginad mi felicidad al saber que se han hermanado para trabajar como una sola.

No creo en las banderas, pero si tengo que defender una sería la de las páginas de un libro, aquellas en las que alguien decidió desnudarse y compartir sus ideas, su visión del mundo y sus sentimientos ¿Qué nos puede unir más que esto?

A través de la palabra, del teatro, de las historias… somos hormigas capaces de atravesar montañas, de vencer dificultades y de ser más humanos.

Me siento orgullosa de ser una hormiga que trabaja con estas hormigas, que en realidad son los dioses buenos que hacen que una sociedad sea más fuerte y feliz ¿y no es esto lo que todos buscamos?

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